Existe un reino donde las mermeladas de frutos silvestres viajan por senderos de bosques tupidos, envasadas todas en frascos de vidrio que van sellados por telas a cuadritos. Es el mismo reino donde las señoras dejan sus pasteles en las ventanas para que se enfrÃen con la brisa, sabiendo que nadie --salvo algún mapache descarriado-- les pellizcará un pedazo. En aquel paÃs hay ayudantes ocasionales para la cocinera apurada: las golondrinas dejan caer ramitas de hierba aromática en las ollas y las ardillas llegan con las nueces que les sobran para adornar los platos recién servidos. Allà no existen bolsas plásticas ni tupperware: cuando la feliz dueña de casa desea, le prepara la lonchera a su esposo, envuelve la comida en hojas fragantes y la deposita en una bolsa de tela coronada con un lazo primoroso.
¿Y dónde está ese reino maravilloso? ¿Acaso es un paÃs del imperio Disney? Tibio, tibio. Aquel reino está en todos lados. Con usted, mientras lee este artÃculo. En la cabeza de todos, realmente. Se nos ha formado en la mente poco a poco, desde que éramos niños y escuchábamos historias de leñadores honrados y aldeanas hacendosas. Y, ya de grandes, lo añoramos incluso sin haberlo pisado cuando percibimos el mundo industrializado que nos ha tocado vivir: lo noto, por ejemplo, cuando escucho a mi esposa y a sus amigas compartir con entusiasmo las mermeladas artesanales que han comprado en la bioferia del parque Reducto.
Últimamente, he recordado con frecuencia ese reino. Quizá sea porque cada dÃa escucho más cercana la batalla entre los defensores y los detractores de los alimentos transgénicos, aquellos que han sido modificados genéticamente para obtener mayor resistencia a plagas y una mejor adecuación a una producción industrial. Por lo pronto, sé que las municiones cruzaron ya la avenida Abancay cuando el Congreso anterior aprobó la Ley General de Desarrollo de la BiotecnologÃa Moderna sin que su discusión trascendiera a los medios.
No soy un cientÃfico. Por lo tanto, no tengo datos numéricos para exponer por qué razón al Perú no le convendrÃa aceptar la proliferación de cultivos transgénicos en su territorio. Si hablara en contra de ellos, seguramente usarÃa muchos de mis prejuicios contra las transnacionales que modifican las semillas. No serÃa, por lo tanto, un crÃtico serio. En cambio, sà puedo hablar de otra variante a tomar en cuenta para decidir si somos un paÃs transgénico o no: nuestra imagen como alacena de biodiversidad en el mundo. La naturaleza nos ha quitado mucho para darnos otro tanto. Veo difÃcil que seamos una potencia agrÃcola en cantidades industriales. No tenemos las interminables pampas cultivables que se extienden en Argentina o en Estados Unidos. Poseemos, por el contrario, un terreno difÃcil y accidentado que, a su manera, trae otro tipo de bendición: maravillosos escalones donde la diversidad de climas produce frutos admirables que nuestra cocina aprovecha. Y no solo somos un paraÃso de la biodiversidad porque la naturaleza asà lo haya querido: durante diez mil años, los peruanos hemos hecho selecciones genéticas para resistir heladas y plagas con la sabidurÃa que da la paciente comunión con la tierra, y no la abrupta incisión de una aguja en un laboratorio.
Estas caracterÃsticas son oro puro en un mundo cada vez más transgénico. ¿Acaso la gente no le paga millones a Disney para ser parte de aquel reino del que hablé? El Perú no es aquel reino en estricto, pero sà puede convertirse en su embajada terrenal. Un frasco de espárragos con el sello "Producto peruano - Orgulloso de No ser transgénico" no será exactamente la lonchera que Blanca Nieves le preparó a los enanos, pero sà puede ser lo más parecido que exista en el mundo real.
¿Y dónde está ese reino maravilloso? ¿Acaso es un paÃs del imperio Disney? Tibio, tibio. Aquel reino está en todos lados. Con usted, mientras lee este artÃculo. En la cabeza de todos, realmente. Se nos ha formado en la mente poco a poco, desde que éramos niños y escuchábamos historias de leñadores honrados y aldeanas hacendosas. Y, ya de grandes, lo añoramos incluso sin haberlo pisado cuando percibimos el mundo industrializado que nos ha tocado vivir: lo noto, por ejemplo, cuando escucho a mi esposa y a sus amigas compartir con entusiasmo las mermeladas artesanales que han comprado en la bioferia del parque Reducto.
Últimamente, he recordado con frecuencia ese reino. Quizá sea porque cada dÃa escucho más cercana la batalla entre los defensores y los detractores de los alimentos transgénicos, aquellos que han sido modificados genéticamente para obtener mayor resistencia a plagas y una mejor adecuación a una producción industrial. Por lo pronto, sé que las municiones cruzaron ya la avenida Abancay cuando el Congreso anterior aprobó la Ley General de Desarrollo de la BiotecnologÃa Moderna sin que su discusión trascendiera a los medios.
No soy un cientÃfico. Por lo tanto, no tengo datos numéricos para exponer por qué razón al Perú no le convendrÃa aceptar la proliferación de cultivos transgénicos en su territorio. Si hablara en contra de ellos, seguramente usarÃa muchos de mis prejuicios contra las transnacionales que modifican las semillas. No serÃa, por lo tanto, un crÃtico serio. En cambio, sà puedo hablar de otra variante a tomar en cuenta para decidir si somos un paÃs transgénico o no: nuestra imagen como alacena de biodiversidad en el mundo. La naturaleza nos ha quitado mucho para darnos otro tanto. Veo difÃcil que seamos una potencia agrÃcola en cantidades industriales. No tenemos las interminables pampas cultivables que se extienden en Argentina o en Estados Unidos. Poseemos, por el contrario, un terreno difÃcil y accidentado que, a su manera, trae otro tipo de bendición: maravillosos escalones donde la diversidad de climas produce frutos admirables que nuestra cocina aprovecha. Y no solo somos un paraÃso de la biodiversidad porque la naturaleza asà lo haya querido: durante diez mil años, los peruanos hemos hecho selecciones genéticas para resistir heladas y plagas con la sabidurÃa que da la paciente comunión con la tierra, y no la abrupta incisión de una aguja en un laboratorio.
Estas caracterÃsticas son oro puro en un mundo cada vez más transgénico. ¿Acaso la gente no le paga millones a Disney para ser parte de aquel reino del que hablé? El Perú no es aquel reino en estricto, pero sà puede convertirse en su embajada terrenal. Un frasco de espárragos con el sello "Producto peruano - Orgulloso de No ser transgénico" no será exactamente la lonchera que Blanca Nieves le preparó a los enanos, pero sà puede ser lo más parecido que exista en el mundo real.
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